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Arapongagem argentina (Side): suspeitas

Todos los laberintos conducen a la SIDE

Revista Hombre - 2004 - Buenos Aires

Nada de lo que se dice de la SIDE es cierto. O todo lo contrario. HOMBRE entró en el submundo de los espías argentinos para intentar endender por qué, en los últimos 15 años, la central de inteligencia desvió mil millones de dólares para uso desconocido. Sorprendete con las conclusiones

Acodado sobre la mesa de un bar, el entrevistado revela: “la SIDE es una familia muy cerrada” y, tras apurar el último café, agrega: “Nadie entra así nomás. Acá, hay que tener una recomendación de alguien”.

Es un cuadro medio, adscripto -según él- al sector de Contrainteligencia. Aceptó contar la cocina de su oficio a cambio de no revelar su identidad. O su falsa identidad. “La primera regla en este trabajo es olvidarte de tu nombre”, dice, a modo de disculpa.

Y explica que a los nuevos agentes se los bautiza con una identidad de fantasía, que conserva las iniciales del nombre verdadero. Eso, quizás, por alguna razón literaria. Tan literaria como el modo de llamar al jefe y al subjefe del organismo: “Señor 5” y “Señor 8”, respectivamente, ya que sus despachos se encuentran en el quinto y octavo piso del famoso edificio ubicado sobre la calle 25 de Mayo.

El informador public

Antes de convertirse en espías profesionales, los aspirantes deben desembarcar en la Escuela de Inteligencia, ubicada en Libertad al 1300. Allí, además de impartirse cursos teóricos y técnicos, también se educa el instinto.

En este punto, prevalecen las pruebas de “reacción inmediata”. Consisten en teñir una determinada rutina con trampas. Por ejemplo, hacer que los alumnos realicen un trabajo de archivo y, de pronto, simular un pequeño incendio, con el propósito de evaluar su capacidad de reacción.

En clase, los agentes deben estar atentos a las enseñanzas y a cualquier otro detalle que pudiese alterar la rutina del aula, como una llamada recibida por el profesor a su celular o si éste estornuda fuerte. Tras sonar la campana, imprevistamente, los alumnos suelen ser interrogados acerca de estas circunstancias, evaluándose así la cantidad de respuestas correctas.

Al segundo nivel de enseñanza no se pasa sin aprobar una batería de exámenes psicofísicos. De allí en más, el programa se torna más complejo, ya que prevalecen asignaturas eminentemente técnicas, como “Inteligencia Electrónica”, donde los educandos se sumergen en el arte de las escuchas telefónicas.

En caso de obtener notas aceptables, los aspirantes pasan a engrosar el elenco.

En la actualidad, la Secretaría tiene unos 2.400 agentes en el país y en el exterior. Según las categorías, éstos perciben un sueldo de entre 1.800 a 2.678 pesos; los directores, por su parte, arañan los 3.000 pesos. De ese plantel, sólo el secretario y el subsecretario son funcionarios públicos. El resto, amparado por la Ley 25.520 de Inteligencia Nacional, tiene la obligación de actuar en la sombra.

En el aspecto teórico, la SIDE debe obtener y analizar información específica sobre hechos, amenazas y conflictos que puedan afectar la seguridad del país. Sin embargo, en las últimas décadas se le asignó a los espías nacionales un papel que, muchas veces, terminó torciendo el rumbo de sus funciones hacia un territorio cubierto de tinieblas.

ENTRE las sombras

Durante la dictadura, la Doctrina de la Seguridad Nacional pendió sobre la sociedad como una filosa cuchilla. Entonces había un verdadero ejército de delatores diseminados en fábricas, universidades, oficinas y redacciones. Ese era el rol asignado a la SIDE en la represión ilegal.

Mientras las Fuerzas Armadas obtenían datos mediante la desaparición forzada de personas y el tormento, la central de Inteligencia se abocaba al espionaje ideológico con fines de exterminio.

Ya bajo el Estado de Derecho, la SIDE logró conservar su condición de organismo supremo de Inteligencia. Ese tinte perdurable tal vez encuentre explicación en el oscuro protagonismo adquirido por los espías vernáculos en todas las estrategias y pujas del poder.

Porque la SIDE es portadora de una paradoja: al depender directamente de la Presidencia, es por un lado un instrumento de los pasajeros del Poder Ejecutivo y por otro un factor de presión sobre éstos, lo cual la convierte en un imprevisible boomerang de la realpolitik.

Pero desde los años de plomo a estos días, sus métodos y objetivos han variado. Ya no se trata de escarbar sobre la ideología de los ciudadanos. Ahora, las tareas a su cargo comprenden un frondoso arco que va desde operaciones políticas y mediáticas de toda laya, hasta el soborno mensualizado de políticos, jueces, legisladores y periodistas, pasando por la infiltración de manifestaciones, con el propósito de articular incidentes, a lo que se suman las ya clásicas escuchas ilegales a personalidades públicas y privadas.

Sin embargo, visto desde una óptica muy particular, se podría decir que la SIDE es un espacio ciertamente pluralista, ya que bajo su ala conviven algunos cuadros de la dictadura, elementos residuales “sushis” o grupos que aún responden a antiguos “Señor 5”, además de los profesionales de siempre, también conocidos como “Los Históricos” o “La Línea”.

Ajuste de cuentas

El trabajo de Inteligencia, pese a sus pliegues poco transparentes, tal vez sea una actividad menos trepidante que la de quienes integran las fuerzas de seguridad. Y eso, en el sentido literal de la palabra. Por lo general, una gran cantidad de actos delictivos se resuelven a balazo limpio, siendo la muerte y en muchos casos la propia una de las constantes de la vida policial.

La relación de los espías con el más allá, en cambio, suele ser más distante. Son pocos los agentes que hayan perecido en forma violenta. Por eso mismo, en sus pasillos aún se comenta entre susurros una trágica historia sucedida hace más de un lustro.

Por su temperamento impetuoso, a Daniel R. le decían “El Loco”. Era chofer y custodio del entonces “Señor 5”, Hugo Anzorreguy. Y tenía un sueldo medio, aunque su nivel de vida era rumboso. Además, estaba enamoradísimo de Solange, una lolita de 16 años. En la noche del 2 de agosto de 1999, el tipo había decidido quedarse en su casa. Pero la chica lo convenció de salir con ella. Al rato, mientras se prodigaban caricias en un vehículo estacionado bajo la autopista 25 de Mayo, dos siluetas emergidas de un Honda Civic partieron al espía a balazos.

Solange, desde luego, quedó bajo sospecha.

Exactamente al mes, Jorge C., también custodio de Anzoarreguy, correría igual suerte, pero en manos de un solo tirador, mientras hacía compras en un almacén de Ramos Mejía.

Ninguno de esos crímenes fue esclarecido, aunque siempre se habló de un conflicto de intereses relacionado con el tráfico de drogas o con la retención indebida de dinero. Es el dinero, justamente, lo que parecería animar los más bajos instintos de la llamada comunidad de Inteligencia.

El punto más oscuro de la SIDE es su financiación, por un perverso mecanismo vinculado a la política. Es también el destino fáctico de las millonarias partidas presupuestarias que recibe. Allí, tal vez, anide la clave de algunos casos de corrupción que sacudieron a la opinión pública en los últimos años.

En la época de Anzorreguy, la SIDE manejaba un presupuesto de 350 millones de pesos. En decir, en tiempos del 1 a 1, los espías podían darse el lujo de gastar un millón de dólares cada 24 horas.

Fernando de Santibañes, en cambio, lo redujo a 138 millones, echando paralelamente a casi 1.000 agentes “inorgánicos”. En los años siguientes, a través de cuatro decretos reservados (tres firmados por Eduardo Duhalde y uno por Néstor Kirchner), el presupuesto trepó a su cifra actual: 238 millones de pesos.

En el organismo aseguran que 170 millones son para gastos administrativos y salarios, en tanto que los 66 restantes se utilizan en “operaciones especiales”.

Lo cierto es que tanto éstas como la rendición del dinero que las financia son, con toda seguridad, los secretos mejor guardados de la Argentina.

colaborador: Éverton Marc

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